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Ingrid Bergman, una estrella con luz propia

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Ingrid Bergman (imagen extraída de la Wikimedia)

Ingrid Bergman irrumpió en el cine de Hollywood desde su Suecia natal como un descubrimiento formidable. En al reino del artificio, lejos del divismo y superficialidad de sus estrellas, representaba la espontaneidad, la belleza natural, la presencia incontaminada. Es bien sabido que se negó en rotundo a que la implacable maquinaria de los Estudios le transformase en alguien diferente a sí misma, convirtiéndose en un espécimen único, en las antípodas de su compatriota “La Divina” Garbo. Como ésta causo sensación y el público de todo el mundo la adoró sin reservas desde el primer momento. Leer más

Iniciación al desierto. Actualidad y necesidad del silencio

Desde hace ya casi cuatro años ofrezco retiros de fin de semana para iniciarse y profundizar en la meditación y el silencio interior tanto a a creyentes y no creyentes. Tras haber explicado las pautas más elementales para el silenciamiento a más de quinientas personas y haberme entrevistado personalmente con casi todas ellas puedo afirmar –creo que con cierto fundamento- que el silencio es hoy nuestra necesidad más primordial. Esto significa que no sabemos escucharnos a nosotros mismos y, en consecuencia, que tampoco sabemos escuchar a los demás, puesto que nadie puede dar lo que no tiene. Todos estamos de acuerdo, al menos en principio y en teoría, que escuchar es algo capital. Sin embargo, nadie nos ha enseñado. Nadie nos ha dicho cómo ejercitarnos en la atención. Todos vivimos encerrados en nuestro pequeño yo, ignorantes de que existe todo un mundo más allá de nuestros pensamientos y sentimientos, de nuestras emociones, necesidades y deseos. Cultivar el silencio es –y por eso he aceptado escribir este artículo- una auténtica revolución.

Unas treinta personas acuden cada fin de semana a estas iniciaciones al silencio a la red de meditadores que he dado en llamar “Amigos del Desierto”. Tras un breve saludo y unas palabras de bienvenida, explico cuáles son las reglas de juego para poder vivir una experiencia fundante y auténtica. Todos los presentes están ilusionados y expectantes. Han acudido por los motivos más variopintos: están en un momento vital de crisis o de cambio; practican yoga o zen, pero echan de menos una mayor profundidad; sienten una cierta insatisfacción en su forma de vivir el cristianismo; padecen situaciones de stress laboral o familiar y han oído que algo así podría venirles bien… Setenta por ciento son mujeres y el otro treinta, varones; casi todos entre los 40 y 60 años; la inmensa mayoría no son católicos practicantes, pero más de la mitad se considera cristiana; todos sin excepción se definen a sí mismos como buscadores. Nadie que no sea buscador, acude al silencio. El asunto es, obviamente, qué es lo que andamos buscando.

Para la sorpresa de los asistentes, enseguida me pongo a cantar. Se trata de una poesía de Luis Rosales que adapta una de Juan de la Cruz que dice así: “De noche, iremos de noche, / que para encontrar la Fuente / sólo la sed nos alumbra.” La actitud del auditorio cambia en el acto por completo: han pasado de escucharme con el ceño fruncido a hacerlo con una suave, o incluso descarada, sonrisa. Es normal: nunca he cantado demasiado bien. Este cambio se debe a que han pasado de una actitud fundamentalmente mental, que es la que se asume cuando se asiste a una conferencia, a un sapiencial. El intelectual es –así es como yo lo veo- quien quiere penetrar en la realidad; el sabio, por contrapartida, aquel que permite que la realidad entre en él y le conmueva. Pues bien, eso mismo es lo que pretendo que se fomente en esos dos días de retiro: la receptividad, la acogida, la actitud discipular. Sin este talante de aprendiz, no existe el camino espiritual. Porque si el gesto es el dominio del cuerpo, y la palabra el de la mente, el silencio es el campo del espíritu. Y ello hasta el punto que puede afirmarse que no hay espiritualidad sin silencio o, más aún, que experimentar el silencio es tanto como entrar en la dimensión espiritual que constituye al ser humano. El silencio es ese espacio/tiempo en que no nos vertemos al exterior, sino en que nos recogemos por dentro, posibilitando la conciencia de eso que llamamos mundo y que entendemos por yo.

Tras explicar que cantando cumplimos secretamente nuestra aspiración más profunda, que no es otra que la unidad (lo que se ha posibilitado gracias a una sencilla melodía y a unas pocas palabras), invito al público a que cante conmigo. De este modo, no soy el único que pierde la reputación y es así, en fin, sin reputación o imagen que salvar, como se posibilita el milagro de la comunicación. Claro que decir que nuestro principal anhelo es la unidad es tanto como declarar que nuestro principal problema es la división o la fractura. Y así es: en nuestro interior estamos divididos (queremos una cosa y su contraria); estamos separados y hasta enfrentados con los otros (casi siempre por prejuicios, ideologías o tonterías, pues es infinitamente más importante lo que nos aúna que lo que nos fracciona); y, en fin, divididos de ese misterio de la Vida que los creyentes llamamos Dios.

En ese pequeño canto sanjuanista están las tres palabras clave de la experiencia del silencio: la Fuente, la sed y la noche. Porque lo cierto es que todos buscamos una fuente de sentido y de plenitud, con independencia de cómo la llamemos. Y porque todos nos acercamos o alejamos de esa fuente en la exacta medida de nuestra sed. El camino que va de esa sed hasta esa fuente es nocturno, es decir, comporta dificultades. La mística es el arte de la unidad: pretendemos unirnos a la luz, por supuesto; pero para ello hemos de atravesar algunas sombras. El silenciamiento o recogimiento interior, con independencia de la religión que se profese o sin ninguna religión, es una vía para la unificación. El hombre se realiza cuando es uno sin matar a los muchos que le constituyen, sino dándoles un juego armónico. El hombre, por el contrario, sufre y se pierde cuando vive en la fragmentación.

Conviene advertir que el silencio que la meditación propicia no es en el fondo nada; es algo así como un marco en el que cada uno mete lo que es hasta que de pronto ese marco vacío se convierte en un espejo. Pero lo que allí vemos, por desgracia, no nos suele gustar y, por ello, desviamos la mirada y comenzamos a decir que el silencio no es lo nuestro. Si perseveramos, en cambio, si no huimos de lo prosaico que en primera instancia nos ofrece el silenciamiento, tal vez entonces llegue el día en que ese espejo se convierta en una ventana y en el que descubramos, maravillados, que hay todo un paisaje y un horizonte por contemplar. Que somos más de lo que pensábamos. Que la vida no es sólo sota, caballo y rey, sino toda una baraja. Que detrás del recibidor, por dar otra metáfora, había todo un castillo por explorar.

Las reglas del juego de nuestras iniciaciones al desierto son cuatro. Primera: no hablar. Resulta obvio que todo silencio suponga abstenerse del lenguaje oral, pero mi experiencia en la animación de estos retiros me confirma en que es preciso explicitarlo, pues esta primera consigna es de hecho la primera que se suele olvidar. Buena parte de los asistentes, además, no han hecho nunca la experiencia de estar 48 horas sin pronunciar palabra, y esto constituye casi siempre y para la mayoría una grata novedad.

La segunda regla es no gesticular. Aunque parezca increíble, son muchos los que creen cumplir con el silencio si no profieren palabra, comunicándose con los demás mediante muecas o gestos. Resulta una advertencia casi infantil, pero la experiencia me dicta una vez más la conveniencia de explicitarla.

Tercera regla: no leer. Los occidentales hemos identificado la lectura con la vida interior, ese ha sido nuestro error. Ocupando buena parte de la misma, los libros no agotan la interioridad. La lectura, además, supone un enriquecimiento para la mente, pues por su medio nos abastecemos de imágenes e ideas. Pero el silencio no busca la riqueza interior, sino precisamente la pobreza, lo que en el budismo se llama vaciamiento y en el cristianismo olvido de sí. Los meditadores no nos ejercitamos en el silencio para llenarnos, sino justamente para vaciarnos y así, vacíos, experimentar esa sed primordial que nos acerca a la Fuente. Nos vaciamos porque vacío y plenitud se dan la mano, porque nada y todo son, como testifican todos los místicos, una única cosa.

La última regla de juego es, desde luego, la más difícil, y suelo decirla a sabiendas de que serán pocos las que la seguirán: desconectar los teléfonos móviles. Pasar dos días sin comunicación con el exterior es algo, por lo general, superior a nuestras fuerzas. Casi nadie sabe estar hoy un rato sin conexión a internet; eso es un hecho indiscutible, como demuestra la inmediatez con que encendemos nuestros teléfonos móviles en cuanto aterrizamos y nos bajamos de un avión. Y sin embargo, a mayor conexión con el exterior, menor con el interior. No es posible estar fuera y dentro de una casa al mismo tiempo. Sin desengancharnos de la red, nuestro retiro del mundo es sólo una ilusión.

Doy fe de que la práctica totalidad de cuantos se inician a la experiencia del silencio en los Amigos del desierto, como probablemente de quienes lo hacen por otros métodos con el aval de cierta tradición, quedan no sólo sorprendidos de su capacidad de resistencia -así la llaman-, sino de los efectos que produce en el alma humana, que inesperadamente se esponja y alegra, y ello hasta el punto de propiciar una cierta relajación de las facciones. El silencio hace milagros, aunque no naturalmente en dos días y para siempre. El silencio nos reconcilia con lo que somos y nos hace mejores. Gracias al silencio comenzamos a parecernos a quienes realmente somos, y esa es, ciertamente, la mejor de las noticias.

Pablo d´Ors • Sacerdote y Escritor

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Cyd Charisse, la última musa de la etapa dorada del musical

Es una de las estrellas indiscutibles del musical americano. Sus piernas son tan míticas como las de Marlene Dietrich y su espléndida belleza morena recordaba a la de la irrepetible Ava Gardner. Llegó a la Metro en un momento en que el estudio contaba con el mayor número de talentos y jóvenes promesas de su historia y no supieron muy bien qué hacer con ella durante años. De no ser por Gene Kelly, que la eligió como pareja en el número “Broadway Melody” de “Cantando bajo la lluvia” (1952), es posible que nunca hubiese adquirido estatus estelar. Pero con una sola escena de aproximadamente siete minutos en este filme cautivó al público y la industria, haciendo que la pizpireta Debbie Reynolds, protagonista de la cinta, pasase a un segundo término. El erotismo irresistible y sofisticado de su baile con Kelly ha quedado como una de las referencias inevitables a la hora de abordar el musical cinematográfico… A partir de ese momento su carrera fue imparable participando en los últimos títulos importantes de la época dorada del género. Leer más

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Expectativas

Es sabio repasar y analizar periódicamente lo que queremos y deseamos. La razón es que nuestras expectativas nos pueden causar muchas desilusiones.

Las antiguas enseñanzas budistas dicen que los deseos y las expectativas no satisfechas crean infelicidad en los seres humanos. Cuanta más expectativas tengamos, es probable que experimentemos más infelicidad. Y cuanto más altas sean nuestras expectativas sobre algo en concreto, menos agradecidos nos sentiremos cuando eso suceda.

La adquisición real de algo que habíamos estado esperando con ansiedad, acostumbra a ser deprimente. Entre las realidades de la vida y nuestras expectativas hay una gran diferencia.

Esperar que la vida nos dé todo lo que queremos es exponernos a la infelicidad y al abatimiento. Dadas las restricciones bastante duras de la realidad, tenemos que tratar con lo que es posible y probable de acuerdo con el tiempo y la energía que tenemos a nuestra disposición.

La realidad tiene la costumbre de serenarnos cuando nuestras expectativas son excesivas y, a menudo, el resultado es la desilusión y la depresión. Sentirnos tristes y desposeídos por lo que no tenemos es desperdiciar todas las cosas buenas que sí tenemos.

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Esperar (de una manera no realista) ser la persona que a todos nos gustaría es desperdiciar la persona que todos somos y podemos ser. La realización está siempre ahí si es que la queremos. No es tan importante incrementar nuestras adquisiciones como reducir la magnitud de lo que queremos.

Bendito sea el que no espera nada, porque nunca se sentirá desilusionado, decía el creador de la obra Los Viajes de Gulliver.

Menos puede ser más. Recomiendo que pensemos más en la filosofía Zen que señala que cuanto menos necesitemos en comodidades materiales y físicas, más libres nos volveremos. Eliminar nuestro deseo de algo es, en muchas ocasiones, algo tan bueno como poseerlo y, al menos, da menos problemas.

Ignacio Pi • Responsable global de Mediapost Group
Publicado en el nº15 de la revista Ideas Imprescindibles

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Percepción y realidad

Nuestro cerebro, además de regular los procesos fisiológicos automáticos y de su capacidad para escribir un soneto o componer una sinfonía, es también una máquina biológica que recibe datos de diversas fuentes internas o externas y tras un análisis, en mayor o menor medida consciente, obtiene una conclusión que es almacenada en la memoria. Este proceso que llamamos cognición establece nuevas sinapsis neuronales y modifica la realidad que percibimos.

Las experiencias almacenadas alteran la percepción de las siguientes. Si en nuestra infancia conocemos el amor y el cuidado, creceremos en un mundo muy diferente al de un niño desatendido o abandonado. De manera creciente, añadiendo experiencia tras experiencia, construimos nuestra realidad única e irrepetible.

La cognición es un proceso mucho más lento y complejo que el mecanismo automático que nos hace retirar la mano del fuego. Valorar y procesar todos los aspectos relativos a la miríada de estímulos recibidos a diario saturaría nuestro cerebro de enorme pero finita capacidad. Dado que no puede aumentar su velocidad, el cerebro tiende a reducir la complejidad del problema a tratar. Si alguien con aspecto desaliñado llama a nuestra puerta, lo evaluaremos seguramente como un peligro. Es un mecanismo que genera errores, pero que es eficaz a la hora de tomar decisiones rápidas que en algunos contextos pueden suponer la vida o la muerte.

Atribuciones

La atribución en Psicología es una inferencia de las causas del comportamiento propio o de los demás. Si vemos cómo una persona grita a otra, en una fracción de segundo y aun sin datos suficientes, trataremos de dar alguna clase de explicación a lo sucedido. Atribuiremos causas internas o externas al comportamiento de las personas. Si hemos suspendido un examen tenderemos a considerar que estudiar y trabajar es complicado, pero si quien suspende en las mismas circunstancias es alguien que nos disgusta tenderemos a pensar que es un mal estudiante, sin valorar sus circunstancias.

Estereotipos y prejuicios

Parte de nuestras creencias acerca de las personas está basada en estereotipos, una información imprecisa y carente de matices acerca de un grupo de personas. No conocemos a ningún aragonés, pero seguramente conoceremos su estereotipo y es posible que lo usemos en una conversación. Al conocer a un individuo sus estereotipos tienden a difuminarse. Si existe alguna clase de emoción asociada a un estereotipo nos hallamos ante un prejuicio, que implica la irracionalidad de considerar negativamente o positivamente a todos los miembros de un grupo que en realidad desconocemos. Ni los miembros de una etnia son todos delincuentes ni los misioneros son por definición buenas y abnegadas personas. La discriminación es un fenómeno relacionado con estereotipos y prejuicios.

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Esquemas y roles

Un esquema es un grupo de ideas preconcebidas acerca de personas o situaciones, construidas en base a la propia experiencia o a creencias de otros. Podemos poseer un claro esquema de la conducta esperada de una mujer en una primera cita, que puede ser muy diferente del esquema de comportamiento de esa mujer para una primera cita. Asimismo, esperamos que alguien a quién hemos asignado el rol de persona meticulosa cumpla un esquema de comportamiento que tenemos asociado a ese rol.  Existen abundantes esquemas sobre uno mismo que pueden contener cómo nos comportamos en una reunión de amigos o cómo juzgamos nuestra habilidad musical. Algunos esquemas pueden desencadenarse  automáticamente frente a un estímulo, como sentir miedo y nerviosismo al hablar en público. Cuando alguna experiencia imposible de obviar o denostar contradice claramente uno de nuestros esquemas hablamos de “ruptura de esquemas”.

Sesgos cognitivos

Un sesgo cognitivo es una interpretación no lógica de la percepción. Un sesgo muy estudiado proviene de la acción de nuestro cerebro filtrando y eliminando aquella información contraria a nuestras creencias. Si nos consideramos dotados de buena suerte, no percibiremos las pequeñas ocasiones en las que la mala suerte nos afecta. Incluso, aquella información pertinaz que consigue pasar el filtro y alcanza nuestra consciencia tiende a ser tratada de manera muy poco objetiva. Si nos consideramos personas muy tolerantes, tenderemos a rechazar la información que lo contradiga. Podemos recurrir a la expresión “es la excepción que confirma la regla”, o tratar la información como errónea y no confiable. Por el contrario, valoraremos una opinión favorable de alguien a quien consideramos escasamente.

Asimismo, tendemos a poner a prueba nuestras creencias por métodos que históricamente nos han corroborado antes que por otros de resultado incierto. Nos complace hablar de política con un afín y  no tanto con alguien que no lo es.

El sesgo de falso consenso nos hace creer que nuestra opinión y creencias son más comunes de lo que en realidad son. El sesgo de probabilidad nos lleva a valorar al alza la posibilidad de un suceso. Si un conocido gana en un sorteo de lotería se difuminará la realidad matemática que indica que esa probabilidad es en realidad muy pequeña.

Finalmente, el sesgo por el que consideramos que nuestra cognición está libre de sesgos y que analizamos la realidad y a nuestros semejantes con independencia y justicia. Existen innumerables sesgos cognitivos en los que todos nos reconoceremos con facilidad. Invito al lector a conocerlos con una simple búsqueda en la Red.

Ilusión de control y conocimiento

Somos una especie altamente social y necesitamos a otras personas que escapan de nuestro control efectivo. Creemos poseer una mayor influencia de la real sobre el amor de nuestra pareja, la seguridad de nuestros hijos o la opinión que los demás tienen de nosotros.

El conocimiento que atesoramos resulta infinitesimal en relación a todo cuanto desconocemos. Sobrevaloramos nuestro conocimiento por ser la tierra firme que pisamos, de la misma manera que podemos sobrevalorar la posición e importancia de nuestro planeta en el cosmos.

Nos resulta imposible comparar nuestra subjetiva realidad con algo parecido una realidad objetiva para juzgar su calidad,  pero sí podemos conocer los detalles de cómo nuestro cerebro prefiere la eficacia a la verdad. Podría parecer una buena idea no dar por absolutas creencias y opiniones y tratar de encontrar algo de realidad en la opuesta percepción de otros.

Cómo de engañosa puede ser la percepción. Muy atento a los jugadores con bata blanca:

 

Artículo escrito por Carlos Laguna. Desarrollador de software en Galanta y estudiante de Psicología en la UNED.
Publicado en el nº15 de la revista Ideas Imprescindibles

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