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¿Puede un algoritmo censurar una obra de arte por inmoral?

No hay mes que no aparezcan noticias sobre la censura que ejercen las redes sociales, especialmente Facebook, sobre algunas imágenes que considera inapropiadas por su contenido erótico o sexual

Venus de Willendorf

Venus de Willendorf
Fuente: Wikimedia

No hay mes que no aparezcan noticias sobre la censura que ejercen las redes sociales, especialmente Facebook, sobre algunas imágenes que considera inapropiadas por su contenido erótico o sexual. La polémica alcanzó su punto álgido cuando la red social de Mark Zuckerberg llegó a censurar hasta la célebre Venus de Willendorf, una escultura del paleolítico. ¿Es ético que un algoritmo pueda decidir si una obra es inmoral? ¿Una nueva corriente puritana nos está conduciendo peligrosamente a un modelo de sociedad donde las máquinas se convertirán en las responsables de establecer los límites de la moral?

Lo cierto es que, como advierte su texto legal – sí, ese que no leemos ninguno – Facebook no permite la publicación de imágenes de desnudos, pero su algoritmo no hace distinciones entre una obra de Picasso, una madre amamantando a su bebé o una escena sadomasoquista.

* La oficina de Turismo de Flandes ridiculiza con esta campaña las políticas de Facebook con respecto a los desnudos femeninos, que han llegado a censurar obras de maestros como Rubens.

Para que se cumpla fielmente esa normativa, el algoritmo de Facebook rastrea concienzudamente la red a la caza y captura de pezones y otras intimidades que sus usuarios más atrevidos hayan podido subir a su perfil. Según el propio Mark Zuckerberg el equipo de “moderadores” de Facebook crecerá en 2018 hasta alcanzar los 7.500 efectivos. Aunque es difícil creer que la labor de este equipo sirva para mucho, dado que la comunidad de Facebook cuenta con más de 2.000 millones de usuarios, lo que significa más o menos la cuarta parte de la humanidad, sí, la cuarta parte de la humanidad. Tal y como publicó “The Guardian” recientemente, los empleados de Facebook confiesan estar desbordados y reconocen contar sólo con unos diez segundos para analizar cada imagen. De todas maneras, sería ingenuo pensar que detrás de esa labor de control siempre hay un ojo humano.

Esta obsesión por las imágenes de contenido sexual contrasta, por ejemplo, con la manga ancha que se demuestra en general por la red a la hora de exhibir armas, tal como señala Javier Gomá, escritor, ensayista y director de la Fundación Juan March, que llega a afirmar en este artículo publicado en ABC que “no hay limitaciones de edad para ver una ametralladora, un tanque o un arma”.

Los criterios de Facebook para censurar imágenes

"Las tres Gracias", del pintor Pedro Pablo Rubens

“Las tres Gracias”, del pintor Pedro Pablo Rubens
Fuente: Wikimedia

Según publica la web Tecnoexplora, todo se reduce a un algoritmo. Los avances desarrollados ya desde hace años en el reconocimiento facial se han empezado a aplicar a otras partes del cuerpo, como los pezones femeninos y los genitales masculinos y femeninos. Esto explica que cuando el algoritmo de Facebook detecta un pezón femenino, inmediatamente elimina esa imagen, se trate de una obra de Rubens o de una fotografía de Helmut Newton. Facebook no hace distinciones.

Esta desproporción es la base de toda la polémica y al menos de momento nos lleva a un punto de difícil retorno. Por otro lado, es probable que los desarrolladores de Facebook ya estén trabajando para optimizar su algoritmo y que pronto nos sorprendan siendo capaces de detectar si la imagen analizada se trata de una pintura barroca, una escultura rupestre o una fotografía pornográfica.

Seguramente más de uno os estáis preguntando ¿Y por qué sólo los pezones femeninos y no los masculinos? Quizás aquí la razón haya que buscarla fuera de Facebook y trasladarla al conjunto de la sociedad. A diario la televisión, el cine o la publicidad se encargan de mostrarnos cuerpos femeninos en actitudes insinuantes. Es evidente que vivimos en una sociedad donde la mujer está cosificada y que el desnudo femenino es un reclamo irresistible. Aquí, seamos sinceros, Facebook no tiene más responsabilidad que cualquier cadena de TV o cualquier productora de cine.

La sociedad no necesita censores, necesita ejemplos

En el artículo publicado en ABC, el escritor y filósofo Javier Gomá afirma que “la ética y el decoro han de instalarse desde el ejemplo y no a través de la censura o la prohibición. Lo que ocurre es que como vivimos en una época postideológica, en la que hay pocas ideas, cuando alguien tiene pocas ideas tiende a ponerse moralizante y vulgar”. Esta interesante conclusión aporta una esclarecedora pista para comprender la auténtica envergadura de la situación. La sociedad no necesita censores, sean algoritmos o seres humanos, necesita ejemplos que muestren conductas dignas de reconocimiento y admiración. ¿Pero quiénes de todos nosotros están legitimados para personificar esas conductas ejemplares? ¿Y quienes además contarán con la difusión necesaria para ser vistos y reconocidos por la sociedad? Mientras encontramos respuestas, nos tememos que el algoritmo de Facebook seguirá censurando pezones y genitales como si le fuera la vida en ello.

Fake news: cómo se cocinan las noticias falsas

Las fake news o noticias falsas se han convertido en una epidemia dentro del periodismo contemporáneo. Las fake news disfrazan las mentiras de verdad y distorsionan la realidad al servicio de intereses malintencionados. ¿Cómo nos podemos defender de ellas? 

La prehistoria de las fake news

El fenómeno de las noticias falsas no es nuevo, desde el nacimiento del periodismo siempre han existido. A finales del siglo XIX, España y Estados Unidos pugnaban por el dominio de la isla de Cuba. La independencia era el anhelo de muchos cubanos y a diario se producían revueltas contra las tropas españolas. El magnate de la prensa William Randolph Hearst, propietario de 28 periódicos, detectó bajo esa tensa situación una excelente oportunidad para aumentar la tirada de sus diarios. El legendario magnate estadounidense reclutó a sus mejores periodistas para que escribieran historias sobre la insurrección cubana y les ordenó que las tiñeran de heroísmo, aunque tuvieran que exagerar los hechos e incluso aunque no siempre fueran fieles a la realidad. Además ordenó realizar llamativos montajes fotográficos para ensalzar el valor de los cubanos y desprestigiar al ejército español. Miles y miles de lectores corrían cada mañana para comprar sus periódicos y la opinión pública internacional comenzó a simpatizar con la causa de los rebeldes cubanos. La tensión entre España y Estados Unidos fue creciendo y un día William Randolph Hearst decidió publicar un reportaje que mostraba a un civil estadounidense que había sido encarcelado por el ejército español sin juicio previo. El mensaje era claro: ningún estadounidense estaba seguro en Cuba mientras la isla estuviera ocupada por los españoles. Este reportaje provocó que las ventas de los periódicos de Hearst se dispararan y causó un inmenso clamor popular contra España. Pero el destino pronto puso en bandeja una nueva oportunidad para saciar las ambiciones del magnate. El 15 de febrero de 1898, a las 21:40 horas, una tremenda explosión sacudió el puerto de La Habana. El Maine, un buque estadounidense saltó por los aires. Esa noche murieron 256 personas, y aunque las causas del suceso no estaban claras y muchos indicios apuntaban a la hipótesis de un accidente, Hearst ordenó publicar la noticia a la mañana siguiente con el siguiente titular: “El barco de guerra El Maine partido por la mitad por un artefacto infernal secreto del enemigo”. Dos días después, y antes de que el gobierno de Estados Unidos tomara ninguna decisión, sus periódicos publicaron el histórico titular “¿GUERRA? ¡SEGURO!”.

Hearst presentó así el confuso suceso como un ataque español contra una misión americana de buena voluntad y empujó a la opinión pública norteamericana a desear vehemente la guerra y finalmente al Congreso de los Estados Unidos a declarar la guerra contra España. Con ese tratamiento tan poco riguroso de la información, William Randolph Hearst fue capaz de inventarse una guerra.

Desde entonces la manipulación de la información al servicio de intereses partidistas ha sido una constante en el periodismo y por eso la ciudadanía debe mantenerse siempre alerta para no dejarse engañar.

Las fake news en la era de las redes sociales

Sucesos inesperados como la victoria del Brexit en Reino Unido o el triunfo de Donald Trump en las últimas elecciones a la presidencia de Estados Unidos evidenciaron el influyente papel que pueden desempeñar las fake news en las consultas democráticas. Las noticias falsas siempre han existido, pero la multiplicación de plataformas ha aumentado exponencialmente su propagación. Según un informe elaborado por investigadores de Princeton University, Darmouth College y University of Exeter, “uno de cada cuatro norteamericanos visitó alguna página de noticias falsas durante el periodo anterior a las elecciones que llevaron a la Casa Blanca a Donald Trump”. El nuevo presidente de Estados Unidos se ha erigido como una auténtica fábrica de noticias falsas desde su nombramiento, sobre todo a través de su cuenta de Twitter y de su amplia red de seguidores. 

Es evidente que el poder de las redes sociales ha disparado la difusión de noticias falsas. Las razones son diversas. Primero, Internet convierte a cualquier persona con un número considerable de seguidores en un líder de opinión. Segundo, la publicación de una noticia falsa dentro de una web o un blog otorga un engañoso aire de credibilidad. Y tercero, la rapidez con la que circulan las noticias por Internet permite alcanzar a millones de personas en segundos. 

Algunas plataformas como Facebook se están planteando introducir mecanismos de detección de noticias falsas, como la curación algorítmica, pero se trata sin duda de una decisión muy controvertida al dejar en manos de robots el establecimiento de la frontera entre lo real y lo falso.

El impacto de las fake news en España

Según un estudio realizado por la empresa de estudios de mercado Simple Lógica y el grupo de investigación en Psicología del Testimonio de la Universidad Complutense de Madrid, “el 86% de los españoles tiene dificultades para distinguir entre fake news y noticias verdaderas”. Este estudio también concluye que el 60% de los españoles cree que sabe reconocer una noticia falsa de una verdadera. Los motivos principales por los que los encuestados afirman saber distinguir una noticia falsa son la irrealidad del contenido (29,6%), el medio en el que aparece publicado (26,9%), los titulares demasiado alarmistas, ridículos o improbables (17,9%), el autor (7,7%), contrastan/verifican la información (5,8%), sentido común / lógica / cordura (3,1%), otros motivos (5,7%) y NS/NC (3,4%).

Para realizar el estudio se expuso a los participantes tanto a noticias falsas como a noticias verdaderas. Éstas fueron algunas de las noticias utilizadas:

Noticias falsas:

• “Amazon se prepara para lanzar un supermercado robotizado”  El 75,7% de los encuestados pensó que era verdadera

• “Si va a la cárcel, Jordi Pujol amenaza al Estado con publicar un dossier que haría caer la democracia en España” El 53,8% de los encuestados pensó que era verdadera

• “Wikileaks confirma que Hillary Clinton vendió armas al ISIS” El 38,7% pensó que era verdadera

• “Los pelirrojos naturales están en peligro de extinción” El 26,5% pensó que era verdadera

Noticias verdaderas:

• “Detienen a un hombre por llamar 2.600 veces a una compañía telefónica para no estar solo” El 44,6% pensó que era falsa

• “Se ha descubierto una isla de plástico en el Pacífico” El 50% pensó que era falsa

• “Los cocodrilos charlan entre sí antes de salir del cascarón” El 70,4% pensó que era falsa

• “La leche de cucaracha es uno de los alimentos más completos que existen” El 85% pensó que era falsa

Según el estudio los jóvenes tienen más capacidad para distinguir entre noticias falsas y noticias verdaderas. Por sexos, los hombres y las mujeres presentan las mismas dificultades para reconocer las noticias falsas, aunque el 65% de los hombres pensó inicialmente saber distinguirlas, frente al 45% de las mujeres. 

También es interesante el dato que demuestra que un 4% de los españoles afirma haber creado alguna vez una noticia falsa y de ellos sólo la mitad dice haberlas distribuido.

Es evidente que el fenómeno de las fake news ha dado vida en el siglo XXI a un pseudoperiodismo de consecuencias imprevisibles y que la sociedad demanda ciudadanos críticos y bien informados. ¿Podremos mantener la confianza en los medios de comunicación?

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Hacia la inevitable revolución interior

Nos ha costado más de cien años de revoluciones, terminando este año por celebrar el final de una de las grandes revoluciones del pasado “corto siglo XX”, en expresión del historiador británico Eric Hobsbawn, para darnos cuenta de que la única, inevitable y viable revolución verdadera es la interior. Los regímenes, los sistemas y las organizaciones sociales pueden cambiar de fórmulas para intentar subsistir, pero en el fondo, no importa el color de uno u otro, nada cambia realmente si dentro de los registros de la sociedad en general no hay un cambio sustancialmente interior. La sangre, el terror y la imposición nunca fue revolucionario, aunque fuera, en siglos pasados, la única vía posible para propiciar cambios sociales. El siglo XX, casi como continuación del XIX, nos llenó la vida cultural, social, política y económica de revoluciones que pretendían cambiar la parte más epidérmica de la sociedad, olvidando el trasfondo que la conforma: el ser humano.

En este nuevo siglo XXI, llamados por algunos la “era del saber”, estamos reviviendo la llama antigua de buscar en nosotros mismos la verdadera esencia de las cosas. Algunos sociólogos apuntan a que el ser humano empieza a comprender la verdadera posibilidad de emancipación material, y por lo tanto, también espiritual. Pero esta vez desde una perspectiva no religiosa, sino desde una visión espiritual laica, como si incluso pudiéramos liberarnos de antiguos dioses que ya poco aportan a nuestro consumo de creencias. El logos se convierte necesariamente en praxis.

Esta emancipación es posible gracias a las tecnologías. La ambición material del siglo pasado se está volcando hacia la búsqueda del conocimiento o la experiencia más que al consumo de cosas. El ser humano emancipado busca una vida sencilla pero plagada de libertad individual y placer existencial, es decir, satisfacción por el encuentro con la generosidad hacia los otros y la amabilidad de hacer bien las cosas dentro de todos los ámbitos de su devenir. La búsqueda incansable de la excelencia ahora es posible sin derrochar grandes fortunas o gran parte de nuestro único recurso con valor, el tiempo. Podemos sentarnos apaciblemente en una montaña o un bosque y podemos resolver nuestras particularidades vidas con cierto grado de sencillez, y por lo tanto, de felicidad. El ser humano se reencuentra en este nuevo siglo con el reto de volver a la inocencia, candidez y espontaneidad de una vida simple. Renunciar a cosas para vivir experiencias que enriquezcan nuestra alma nunca fue más fácil y seguro.

Inclusive las nuevas empresas y los nuevos emprendedores pueden vivir una vida nueva cuya ambición no sea el tener cosas y acumular bienes, sino el experimentar una nueva forma de riqueza: la interior. Esta se desarrolla en grupos de trabajo cuya vara de medir tiene más que ver con un liderazgo interior y grupal, donde el apoyo mutuo y la cooperación forman parte del nuevo vínculo empresarial. La competencia deja paso a la colaboración y así, en este nuevo marco de valores y responsabilidades compartidas, todos ganan, todos mejoran, todos son más felices.

Por eso la nueva revolución será interior, cargada de valores humanos con deseos de ayudar y apoyar a los otros, con ganas de hacer de la vida un sentido profundo, un viaje perfecto para crecer y compartir desde cualquier ámbito de nuestra vida. Un viaje apasionante hacia dentro y hacia fuera en unión permanente y alegre con los otros. Feliz vida, feliz camino.

 

Javier León • Antropólogo y editor

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