Recogemos todo lo que sembramos

Ocasionalmente leemos en las noticias que un barrendero o un taxista encuentra un sobre con mucho dinero y lo entrega a las autoridades. Las cantidades son a veces millonarias, en términos absolutos y no digamos en relación con el salario del que entrega ese dinero.

También somos testigos cada día de millones de actos nobles y solidarios en el mundo, muchos de ellos anónimos. Personas que dan y se dan haciendo buenas todas las enseñanzas que recuerdan al hombre su dimensión más elevada.

Frente a este tipo de personas, están las que todo lo quieren para ellas, las que acaparan, las que roban y las que mienten. Son también muy numerosas y las hay en todos los ámbitos. Ese robo puede ser físico pero también emocional.

La ley del karma que se explica en las enseñanzas orientales, y que en Occidente es la ley de la causa y el efecto, es inapelable y al final del día recogemos lo que sembramos. A veces la cosecha se recoge muy pronto. Otras veces tarda más, y parece que ciertas conductas como la mentira, el engaño y la indignidad no pasan factura a sus protagonistas.

Pero realmente sí pasan factura. Dice Aïvanhov que todo queda inscrito en el Libro de la Vida. Y el ser humano ha recibido un gran regalo: el libre albedrío. El libre albedrío nos permite intentar vivir en dignidad o en indignidad, en verdad o en mentira. A veces las fronteras parecen borrosas, pero la mayoría de las veces están muy diáfanas. Cada uno de nosotros puede mirar dentro y también a su vida pasada para intentar cuantificar su saldo neto entre unas y otras, y actuar en consecuencia a partir de entonces. Porque otro de los milagros de la vida es que cada mañana nos da una nueva oportunidad para caminar erguidos e intentar hacer bueno aquello que hemos aprendido, incluso a través del tropiezo. Las caídas son grandes oportunidades: “se cayó del caballo y despertó”. Borges lo explica muy bellamente en su cuento “Funes el Memorioso”.

El Libro de la Vida, decíamos, toma nota de todo. Están los que insisten en sembrar dignidad y verdad. En cada pequeña cosa y por extensión en las grandes. Son la sal de la tierra. Son muchos, en los cinco continentes. Son un gran ejército, que nos llama. Su arma es la verdad y la nobleza. Esos seres son la gran esperanza.

En el Libro de la Vida, tantas veces se nos recuerda, todo queda inscrito.

 

Joaquín Tamames • Administrador Palacio de Hielo S.A. La Nevera

Aquí tienes todas las respuestas

¿Quizá todo lo que he olvidado sea lo que más me beneficia ahora en mi vida? ¿Quizá muchas de las cosas que aprendí en el pasado ya no me funcionan en el presente? y ¿quizá mucho de lo que hoy en día “creo” no me acompaña para hacerme feliz sino para protegerme?

¿A lo mejor si recorriéramos nuestra vida hasta un momento en el que nos sintamos plena y absolutamente felices llegaríamos a la infancia? ¿Era ese el momento de nuestra vida en el que menos recursos teníamos y más vulnerables parecíamos? ¿Los niños que algún día fuimos no salían siempre adelante, se peleaban, lloraban, se equivocaban casi cada día, discutían a gritos, magullaban sus rodillas, se hacían heridas, se enfrentaban en cada momento a la mayor de las incertidumbres, casi no sabían caminar, se les caían los dientes, se les quedaba pequeña la ropa, no sabían atarse sus cordones, les daban de comer, actuaban, luchaban por lo que querían, costase lo que costase y prácticamente todos los días se enfrentaban a una nueva experiencia por primera vez? ¿Acaso no eran felices? ¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo por primera vez?

¿Es posible que fuéramos inmensamente felices sin saberlo?, ¿sin preguntarnos cómo o por qué?; ¿quizá simplemente éramos, lo que quiera que fuéramos y algo en el camino de nuestro desarrollo fuimos olvidando hasta el momento actual? ¿Puede que no hiciera falta hacer nada, simplemente dejarse llevar, fluir, disfrutar, sonreír y aprender de cada situación a la que nos enfrentábamos? ¿Y si nos diésemos cuenta de que nacimos libres de miedos y poco a poco se los fuimos comprando de los demás? ¿de nuestros padres?, ¿de nuestro entorno familiar?, ¿de nuestra sociedad?, ¿nos creamos los nuestros propios quizá?

¿Será que el miedo es necesario para protegernos? ¿Pero de qué? ¿De quién? ¿Alguna vez has mirado de frente a tu miedo y le has preguntado: “¿qué estás protegiendo, miedo?”? ¿Y si pruebas?, ¿puede que te sorprendiera la respuesta? ¿Y si muchos de estos miedos ya no protegen nada, solo nos limitan? ¿Y si otros de estos miedos llevan tanto tiempo con nosotros que se han hecho grandes muros de protección que en algunos casos aprietan tanto lo que protegen que finalmente lo asfixian, lo estrangulan? ¿Puede que los miedos protejan lo que amamos y a veces demasiado; tanto que lo perdemos, por el miedo a perderlo? ¿Podría ser que el temor fuera lo contrario al amor y que temer fuera lo contrario a amar? ¿Y si todo lo que se aleje de la capacidad de “dejar ser” no fuera amor, sino alguna forma de apego?

¿Y si te dijera que la palabra Amor viene de amort, y que significa hacia la muerte o hasta la muerte? ¿Y si realmente eso fuera amar, sin medida, sin tiempo, sin cuerpo? ¿Y si el amor en su máxima intensidad se transformara en la Paz, en la paz con nosotros mismos, paz con las personas que elegimos a nuestro lado, la paz con el mundo; la Paz?

¿Quizá nos hacemos demasiadas preguntas? ¿Pasaremos demasiado tiempo en el mundo de la mente y poco en el de los sentidos? ¿ Y si en el pasado, presente y futuro, solo hay uno de ellos que es tangible, posible y vivible? ¿Existe tristeza en el atardecer, en la gota de lluvia sobre la frente, en el horizonte del mar, en el olor a hierba mojada, en la caricia que eriza la piel, en el fa sostenido de un piano de cola, en lo salado en la punta de la lengua o en la textura de la arena bajo la planta de nuestros pies?

¿Has estado triste? ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo sabes que eso es tristeza? ¿Necesitas quizá saber cómo te sientes cuando estás alegre? ¿Y si necesitamos de la tristeza para medir nuestra alegría? ¿Por qué creemos que estar triste es algo malo? ¿Por qué tratamos de salir rápidamente de nuestra tristeza sin aprender nada? ¿Y si te dijera que es la emoción de la que más se aprende? ¿Y si fuera necesaria? ¿Crees en el equilibrio?

¿Y si comenzamos de nuevo? ¿Y si nos dejamos de creer el cuento que nos contamos o el que nos contaron? ¿Y si dejamos de ser infelices, guapos, feos, tristes, inútiles, pobres o desgraciados? ¿y si simplemente somos y dejamos los juicios para otros? ¿Te has preguntado alguna vez para que estás aquí? ¿Y si tuvieras otra oportunidad que harías? ¿Y si pudieras hacer algo hoy que harías? ¿Y por qué no lo haces?

¿Eres feliz?

La vida es una pregunta; elige bien tus respuestas.

 

Carlos García-Almonacid Gutiérrez • Coach, formador y speaker

Hacia la inevitable revolución interior

Nos ha costado más de cien años de revoluciones, terminando este año por celebrar el final de una de las grandes revoluciones del pasado “corto siglo XX”, en expresión del historiador británico Eric Hobsbawn, para darnos cuenta de que la única, inevitable y viable revolución verdadera es la interior. Los regímenes, los sistemas y las organizaciones sociales pueden cambiar de fórmulas para intentar subsistir, pero en el fondo, no importa el color de uno u otro, nada cambia realmente si dentro de los registros de la sociedad en general no hay un cambio sustancialmente interior. La sangre, el terror y la imposición nunca fue revolucionario, aunque fuera, en siglos pasados, la única vía posible para propiciar cambios sociales. El siglo XX, casi como continuación del XIX, nos llenó la vida cultural, social, política y económica de revoluciones que pretendían cambiar la parte más epidérmica de la sociedad, olvidando el trasfondo que la conforma: el ser humano.

En este nuevo siglo XXI, llamados por algunos la “era del saber”, estamos reviviendo la llama antigua de buscar en nosotros mismos la verdadera esencia de las cosas. Algunos sociólogos apuntan a que el ser humano empieza a comprender la verdadera posibilidad de emancipación material, y por lo tanto, también espiritual. Pero esta vez desde una perspectiva no religiosa, sino desde una visión espiritual laica, como si incluso pudiéramos liberarnos de antiguos dioses que ya poco aportan a nuestro consumo de creencias. El logos se convierte necesariamente en praxis.

Esta emancipación es posible gracias a las tecnologías. La ambición material del siglo pasado se está volcando hacia la búsqueda del conocimiento o la experiencia más que al consumo de cosas. El ser humano emancipado busca una vida sencilla pero plagada de libertad individual y placer existencial, es decir, satisfacción por el encuentro con la generosidad hacia los otros y la amabilidad de hacer bien las cosas dentro de todos los ámbitos de su devenir. La búsqueda incansable de la excelencia ahora es posible sin derrochar grandes fortunas o gran parte de nuestro único recurso con valor, el tiempo. Podemos sentarnos apaciblemente en una montaña o un bosque y podemos resolver nuestras particularidades vidas con cierto grado de sencillez, y por lo tanto, de felicidad. El ser humano se reencuentra en este nuevo siglo con el reto de volver a la inocencia, candidez y espontaneidad de una vida simple. Renunciar a cosas para vivir experiencias que enriquezcan nuestra alma nunca fue más fácil y seguro.

Inclusive las nuevas empresas y los nuevos emprendedores pueden vivir una vida nueva cuya ambición no sea el tener cosas y acumular bienes, sino el experimentar una nueva forma de riqueza: la interior. Esta se desarrolla en grupos de trabajo cuya vara de medir tiene más que ver con un liderazgo interior y grupal, donde el apoyo mutuo y la cooperación forman parte del nuevo vínculo empresarial. La competencia deja paso a la colaboración y así, en este nuevo marco de valores y responsabilidades compartidas, todos ganan, todos mejoran, todos son más felices.

Por eso la nueva revolución será interior, cargada de valores humanos con deseos de ayudar y apoyar a los otros, con ganas de hacer de la vida un sentido profundo, un viaje perfecto para crecer y compartir desde cualquier ámbito de nuestra vida. Un viaje apasionante hacia dentro y hacia fuera en unión permanente y alegre con los otros. Feliz vida, feliz camino.

 

Javier León • Antropólogo y editor

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El Regalo de Jon

Jon descubrió hace solo unas semanas que un cáncer de páncreas, encontrado casi por casualidad y sin ningún síntoma aparente hasta entonces, terminaría con su vivencia terrenal.

Jon, durante su vida profesional fue cardiólogo y en su tiempo libre gran estudioso de la religión. Siempre buscando con gran entusiasmo los vínculos entre la ciencia y la religión. Leer más

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Una conciencia tranquila

Leo con tranquilidad un pequeño libro, “Inspirador”, se indica en su portada. Es un regalo, lo cual me hace saborearlo más, si cabe. Está escrito por una persona cuyas ideas han conquistado mi corazón. Pero lo importante, no es que Simon Sinek sea el autor, sino el hecho de llegar a la página 131. Leer más

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Pensamientos noctámbulos

La otra noche buscando información para un relato que estoy escribiendo, me tropecé con un extracto de un informe publicado en el año 1956 por la Academia de Medicina de Nueva York. Dicho extracto empezaba con una frase así: “La ansiedad y la tensión parecen abundar en la cultura moderna, y la tendencia actual es huir de los aspectos desagradables de su impacto”. Me llamó tanto la atención, ¿ya en 1956 se decía esto?, que la copié en mi block de notas. Mi mente empezó a divagar. He de decir que estaba a punto de dormirme. Divagué sobre un paradigma: vivimos en una sociedad en constante huida. Y divagué aún más con frases lapidarias tales como. Huimos cuando nos quejamos constantemente de nuestro trabajo, de nuestro jefe, de nuestros clientes. Huimos cuando nos enfadamos con el conductor del autobús porque ha tardado mucho en llegar. Huimos cuando preferimos que nuestros hijos jueguen con el móvil en lugar de compartir juegos con ellos. Huimos cuando miramos para otro lado cuando se nos pide ayuda. Huimos cuando nos encendemos un cigarrito o nos tomamos una copa para evadirnos. Huimos cuando gastamos más de lo que tenemos… Entonces Morfeo, se apoderó de mí. Leer más

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Yoga: armonía entre cuerpo, respiración y mente

En los últimos años el yoga se ha puesto de moda en el mundo occidental. El motivo por el que practicamos yoga es variado: relajarnos, estirar los músculos, aliviar dolores de espalda, otros lo probaron por curiosidad y simplemente se sienten mejor; pero ¿sabemos realmente que es Yoga? Leer más

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Breve método de meditación

¿Sabes que hay un tesoro dentro de ti? La mayoría lo ignora. Casi todos están tan preocupados por encontrar una persona que les quiera, unos cuantos amigos con quienes salir los fines de semana, una buena formación que les permita afrontar el futuro, un trabajo para tener un lugar en la sociedad y un sueldo para comprar lo necesario que, preocupados por lo de fuera, casi nadie explora lo que tiene dentro. Algunos han oído hablar de ese tesoro y han intuido que existe verdaderamente. Cuando se han quedados absortos ante un paisaje hermoso, por ejemplo. O cuando han encontrado el amor de su vida. O incluso en algún instante durante alguna ceremonia religiosa. Pero, ¿cómo entrar en el fondo de nuestro corazón, donde, según dicen, está escondido ese fabuloso tesoro? Hay un camino: la meditación.

“Meditatio” es una palabra latina que significa stare médium, lo que traducido es algo así como “permanecer en el centro”. Normalmente estamos dispersos: en muchos sitios y en ninguno, dando vueltas y vueltas en la periferia de nosotros mismos. La meditación es un peregrinaje al centro de nosotros mismos. Allí el paisaje interior se simplifica y, de pronto, empezamos a sentirnos bien.

“Contemplatio” también es una palabra latina. Significa “estar en el templo”. Nuestro centro es un templo: ahí habita algo o alguien sagrado. Las personas religiosas lo llamamos Dios o Espíritu. Los no creyentes prefieren hablar del Misterio o del Ser. No importa cómo lo designamos: Él es igualmente operativo con independencia de nuestro lenguaje.

A lo largo de la historia y a lo ancho de la geografía del planeta, todas las religiones han buscado un acceso a este núcleo de luz que hemos llamado “el tesoro”. Algunos lo han encontrado en la naturaleza. La inmensidad de la montaña o la vastedad de un océano les han ayudado a pensar en Dios y a sentirle cerca. Otros lo han encontrado en la cultura.

Dicen que Dios se ha revelado en algunos libros, que por ello son sagrados. Pero hay una vía más sublime que no niega las anteriores, sino que las trasciende: el silencio. La razón de su excelencia radica en que va al misterio del ser directamente. No por medio de la imagen, como quienes defienden la vía natural; no por medio de la palabra, como quienes defienden la vía cultural; sino que se trata de un camino in-mediato, pero hay que aprenderlo.

Meditar es muy sencillo, lo difícil es querer meditar. Meditar, como contemplar, es tan sencillo que tendemos a desconfiar. Nos han enseñado a creer que sólo lo complicado es valioso. Pero no es así. La mayor necesidad del alma es, precisamente, la simplicidad. No todos podemos decir o escribir palabras sabias o hermosas; pero todos, en cambio, podemos meditar, es decir, silenciarnos.

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Meditar no es reflexionar o pensar en asuntos trascendentes. Meditar es apartarse de los ruidos externos y, sobre todo, acallar los internos. A esta meta se llega gracias a una actitud fundamental: decidir retirarse. Podemos retirarnos cinco minutos, diez, quince… También podemos retirarnos un día, dos o incluso más.

Pero para ello hay que tener la determinada determinación de apartarse de los demás durante un rato para, precisamente, estar con nosotros mismos. A mayor desconexión con el exterior, mayor posibilidad de conexión interior. Por eso no es posible meditar con el teléfono móvil encendido.

Las fases que todo meditador debe recorrer son:

  • El trabajo con el cuerpo o relajación.
  • El trabajo con la mente o concentración.
  • El trabajo con el alma o contemplación.

Lo primero y más básico es el cuerpo. No tenemos un cuerpo, sino que somos corporales. Sin cuerpo no seríamos seres humanos. La postura ideal para la meditación es sentado. Sea en una silla, para quienes carezcan de flexibilidad en las articulaciones; en un zafu o cojín-zen, con las piernas en la posición de loto; o en un banquito de oración, arrodillado. Lo importante es que la espalda esté erguida. Para ello ayuda meter ligeramente el mentón e imaginar que un hilo invisible tira de nuestra coronilla hacia arriba. Esto nos colocará las vértebras en su sitio de inmediato.

Junto a la espalda, en la meditación también son muy importantes las manos. El centro neurálgico del hombre está en la visión budista en el vientre, de modo que éstas se colocan a esta altura del cuerpo y en el mudra o posición de Buda, con la mano derecha bajo la izquierda y los pulgares tocándose, ni hacia arriba formando una montaña ni hacia abajo formando un valle, sino en línea recta.

 

El centro neurálgico en la visión cristiana del hombre está en el corazón, de modo que la postura clásica para la oración entre cristianos es con las manos unidas, recogiendo la energía de una en otra, precisamente a la altura del corazón. En la mayor parte de la iconografía cristiana, Cristo aparece con las manos a la altura del corazón y una frente a la otra. Y esa es, justamente, la postura de los sacerdotes católicos cuando celebran la Santa Misa, que es el culto cristiano por excelencia. Al igual que el mudra budista, esta postura de una mano frente a la otra favorece el recogimiento y potencia la concentración. Claro que también cabe simplemente apoyar las manos en el regazo con las palmas hacia arriba, en disposición y signo de acogida.

A causa de nuestro ritmo vital, demasiado acelerado, y de nuestras preocupaciones y tensiones, nuestro cuerpo está normalmente acartonado y rígido. Hemos de aprender por ello a distenderlo o aflojarlo. Para ello, cierra o entrecierra los ojos y estarás listo para la relajación. Si prefieres dejar los ojos entrecerrados para evitar quedarte dormido o para dominar mejor tus fantasías, no fijes la mirada en un punto. Procura que tu mirada sea abierta y blanda.

Para relajarte, imagina que un líquido tibio, brillante y agradable, al que vamos a llamar nanso, desciende muy lentamente desde la coronilla de tu cabeza hasta la planta de tus pies y que, en la medida en que lo haga, relajarás las tensiones y entrarás en un estado más profundo, más perfecto y más saludable. Imagina ya al nanso descendiendo por tu cuero cabelludo y por la frente. Borra las arrugas de tu frente. Imagina ahora que tus párpados caen pesados como dos telones. Siente en los orificios nasales el frescor de la inspiración y el calor de la espiración. El nanso está ahora en tus mejillas, en el labio superior, en la boca -puedes humedecer tus labios si lo deseas-, en la mandíbula, suelta la mandíbula. En el cuello y en la nuca. Imagina ahora al nanso tibio, agradable y brillante descendiendo por tus hombros y brazos, por el pecho –detente ahí mismo unos segundos si lo deseas-, por el estómago y el vientre, las cervicales, dorsales y lumbares, por el abdomen, el sexo y las caderas, y, por fin, por las piernas y los pies, las plantas de los pies. Ya estás en un nivel más profundo, perfecto y saludable. Toma una respiración profunda y disfruta de este estado.

Para el trabajo con la mente se procede atendiendo a la propia respiración. No fuerces tu respiración, mantén su ritmo natural y regular. La respiración es el ritmo biológico que reproduce o es análogo al ritmo espiritual por excelencia, que no es otro que el de dar y recibir: la donación y la acogida. Nuestra vida es sana si existe armonía entre ambos movimientos de este ritmo, si sabemos amar y dejarnos amar, ayudar y dejarnos ayudar. Limítate a seguir tu respiración.

Podrás concentrarte mejor, seguramente, si cuentas las respiraciones: del 1 al 10 y, llegado al 10, vuelta a comenzar.1 en la inspiración, 2 en la espiración, 3 en la inspiración, y así hasta llegar al número 10. Si te has distraído y has seguido contando, no te preocupes y vuelve al comienzo. Si logras estar en la respiración y en el centro de las palmas de tus manos, habrás logrado controlar un poco tu habitual dispersión mental.

Todas las tradiciones espirituales, orientales y occidentales, dan mucha importancia a la respiración como forma de concentración. Solamente cuando hemos alcanzado cierta familiaridad con esta fase podemos pasar al trabajo con el espíritu, lo que hemos dado en llamar “contemplación”.

En el budismo zen, al menos en algunas escuelas, llegados a este nivel suele trabajarse con los llamados koan. Un koan es una suerte de acertijo que el maestro pone a su discípulo para que trabaje en él durante la meditación, pero no para que lo resuelva, sino para que se disuelva en él. Pondré un ejemplo para aclarar el concepto. Uno de los primeros koan dice así: ¿cuál es el sonido de una sola mano? Nuestra mentalidad racional se pone inmediatamente en marcha y piensa que si el ruido de dos manos es una palmada, el de una sola será el silencio. ¡Error! El koan no pide una solución racional, sino visceral e intuitiva. El buen maestro sabe cuándo su discípulo ha desentrañado un determinado koan.

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En la meditación cristiana se trabaja con jaculatorias o mantras. Un mantra es una palabra poderosa, eso es lo primero. En realidad, las palabras son siempre eficaces o poderosas. No es lo mismo lo que se genera en una persona cuando escucha: “eres un inútil”, que cuando escucha: “eres un tesoro”. A quienes dudan del poder del lenguaje, suelo aconsejarles este ejercicio: desde que te despiertes mañana por la mañana hasta que te acuestes por la noche, repite en tu interior, siempre que te acuerdes, este mantra: “soy un desastre”. Te puedo asegurar que ya por la tarde vas a empezar a sentirte mal, y que al anochecer te sentirás el hombre más desgraciado del mundo. O, por el contrario, desde que te despiertes mañana por la mañana hasta que te acuestes por la noche, repite en tu interior, siempre que te acuerdes, el mantra: “soy maravilloso”. Bastará cien o, como máximo, doscientas recitaciones para que empieces a sentir una ligera mejoría anímica. En la medida en que incrementes la recitación, el bienestar aumentará, y esto ¿qué significa? Pues que somos responsables de nuestro bienestar o malestar emocional en una medida mucho mayor de lo que imaginamos.

Pero el mantra no es sólo una palabra poderosa. También es una palabra sagrada. Una palabra es sagrada si ha servido a lo largo del tiempo para poner a las personas en relación con la trascendencia, es decir, con algo o alguien más allá de ellos mismos: algo superior, invisible, esencial, incondicional. No es lo mismo decir “guachi-guachi”, por ejemplo, que decir “Cristo-Jesús”. “Guachi-guachi” es una palabra, cierto, pero no significa nada. Con el nombre Cristo-Jesús, en cambio, millones de personas a lo largo de la historia han encontrado consuelo, fuerza y esperanza. Es una palabra cargada de significado. Tan es así que los creyentes estamos convencidos que convoca a la persona que conocemos por ese nombre.

Pero es que además de poderosa y de sagrada, el mantra es una palabra sola. Esto quiere decir que cuanto más sencillo sea el mantra que recitamos, mayores serán también sus frutos. ¿Por qué? Porque si lo que se busca es la simplicidad del corazón, es conveniente que el medio –la palabra simple- esté ajustada al fin que se propone.

Meditar o contemplar consiste, dicho en pocas palabras, en recitar atenta y devotamente tu mantra. En la medida en que estás en esa palabra y en nada más, estarás relajado, concentrado e irás entrando en tu cámara interior, en ese tesoro cuya principales perlas son la lucidez, el coraje, la alegría y la compasión.

Si eres cristiano, te sugiero el mantra “Cristo-Jesús”. “Cristo” en la inspiración y “Jesús” en la espiración, enviando a ese Jesús, mientras espiras, al centro de la tierra. No debes añadir ninguna imagen a esa palabra ni tampoco imprimir en ella alguna intencionalidad de súplica, petición de perdón o acción de gracias. La palabra es tanto más eficaz cuanto más desnuda esté de imágenes e intenciones añadidas. Si no eres creyente, en cambio, te sugiero el mantras “sí”, Recítalo lentamente en la inspiración, enviando también ese “sí” al fondo de la tierra.

Para iniciarse en la meditación, tal y como la acabo de proponer, es conveniente que te sientes en silencio y quietud al menos media hora diaria. Menos de veinte minutos es poco eficaz. Una hora de meditación en dos periodos de media hora, uno por la mañana al despertar y otro por la noche poco antes de irse a dormir, es el ideal. Por la mañana, la meditación tonifica el día, predisponiéndolo a la atención y a la receptividad. Por la noche, la meditación recoge lo que la jornada nos haya deparado, limpiándonos por dentro y predisponiéndonos a un sueño reparador. En meditación casi todo depende de la constancia. Si hacemos silencio todos los días, aprenderemos a convivir con nosotros mismos, estaremos más en paz  y el mundo irá decididamente mejor.

Artículo escrito por Pablo D’Ors,
Sacerdote Jesuita, escritor y expereto en meditación
Publicado en el nº 12 de la revista Ideas Imprescindibles

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