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Alimentación consciente

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Cada día la Medicina nos desvela más y más secretos sobre cómo la alimentación afecta directamente al comportamiento de nuestro cuerpo físico, haciendo que éste genere unas hormonas u otras, bloquee la producción de unos químicos en favor de otros, estar con más sensación de felicidad, apatía o tristeza y en última instancia, nos haga enfermar o sanar.

¿Podríamos decir que “somos lo que comemos”? En cierta medida sí.

Yo seré una persona alegre y saludable si me alimento con sustancias beneficiosas para mi cuerpo. Y por el contrario, si lo nutro con un exceso de toxinas, enfermaré y comenzará una cadena de pensamientos y sentimientos negativos que agravarán sus consecuencias.

No estoy diciendo nada nuevo. Todos sabemos que de alguna manera, debemos cuidar nuestro cuerpo regalándole diariamente una buena energía, limpia y que nos contamine lo menos posible.

Hasta ahí, todos estamos conformes y nos sabemos la “teoría”.

Sin embargo, ¿qué sucede en la “práctica”? ¿Por qué los resultados no son los deseados en nuestra sociedad, y cada día los ratios de obesidad, trastornos cardiovasculares, diabetes, etc son más altos?

Una explicación es que entran en la ecuación factores adicionales que pueden modificar sustancialmente el resultado deseado, que no es otro que estar sano y feliz.

¿Cuáles son algunos de estos factores que nos dificultan la puesta en práctica de la teoría ya aprendida?

  1. Recursos económicos
  2. Sociedad de consumo
  3. Sector Alimenticio, Farmacéutico
  4. Nuestras creencias, sabiduría, ignorancia y estado de consciencia.

Tenemos que mezclar en una coctelera muchos ingredientes que van a afectar directamente qué comemos, cómo nos sentimos, y qué repercusiones tiene en nuestra salud física y anímica.

Analicemos brevemente cada uno:

 

1. Recursos Económicos: 

A mayores ingresos, mayores posibilidades de consumo. En cambio, personas con escasos recursos, que conllevaría a pensar en una menor ingesta de alimentos, pueden padecer enfermedades relacionadas con la obesidad y sobre peso, incluso en mayor medida que personas con más posibilidades económicas.

Adicionalmente, si contamos con un mayor poder adquisitivo, podremos acceder a alimentos más caros como aquellos sin gluten, orgánicos, bio, etc, que tan de moda están ahora en nuestra sociedad. Mientras que sin recursos, la alimentación fresca y de calidad puede ser sustituida por aquella alimentación más barata, y que muchas veces llamamos “comida basura”.


2. Sociedad de consumo:

En nuestra cultura occidental, y en pleno siglo XXI, nuestra imagen “importa”, y mucho. Buscamos ser “aprobados” por los demás, buscamos gustar, necesitamos una seguridad. Es normal, todo esto son características del “ego”. Y salvo que tengamos un desarrollo personal muy elevado, nuestro ego nos domina en el día a día.

No hace mucho tiempo, el canon de belleza no era la delgadez que hoy causa tantos trastornos psicológicos, sino un cuerpo más “redondito”, con más curvas y “michelines”. ¿Se imagina usted que ahora volviéramos a ese canon de belleza? ¿Cuántos de nosotros nos sentiríamos más felices y aliviados?….Ya podríamos comer sin tanto cargo de conciencia!

Vivimos en una sociedad donde el culto al cuerpo nos hace modificar nuestros hábitos de alimentación, generándose una presión psicológica en la población a consumir nuevos productos, nuevas dietas. La persona que se preocupa en exceso por estar guap@, por lucir delgado y atractivo a los ojos de esta sociedad, va a anteponer su salud física y una alimentación correcta, por su salud mental y su concepto de felicidad, que no será otro que aquel que más se aproxime a lo que la sociedad del siglo XXI considera como el modelo a seguir. Por ende, subordinaremos la “teoría” que mencionamos anteriormente a un canon de belleza cuya puesta en práctica podrá ser contradictoria.

 

3. Sector de Alimentación y Farmacia:

Si todos viviéramos en un nivel de consciencia muy alto, ninguna empresa nos vendería alimentos que de antemano, ya sabemos no nos aportan ingredientes saludables, y posiblemente sólo sea un conjunto de azúcares y químicos que no causan más que dolor y estrés a nuestro cuerpo a nivel celular, aunque a nuestro cerebro le produzca un súbito placer, que rápidamente será sustituido por remordimientos de conciencia por haber comido esos “dulces”, o “bebidas artificiales”, o comida preparada que apenas contiene proteínas o grasas saludables.

Pero como no vivimos en dicha sociedad aún, los consumidores tenemos al alcance de nuestra mano, cuando no somos “empujados” directamente a su consumo, muchos productos que entran por los ojos, que son baratos, que llenan, que son agradables al gusto, y que, por encima de todo, sabemos que son un gran peligro para nuestro bienestar corporal. ¿Por qué se permite entonces? Todos conocemos muchas de las respuestas.

¿Se imaginan una sociedad donde estuviéramos todos muy sanos? La primera consecuencia es que la industrias farmacéutica, tan importante y potente hoy en día, se vería muy mermada. ¿Para qué abrir una Farmacia si no entran personas con alguna enfermedad a comprar medicamentos? Y si no hay farmacias, para qué invertir y producir pastillas por las multinacionales farmacéuticas?

Con ello, por supuesto no quiero decir que una u otra industria sean las responsables de la diabetes, colesterol, hipertensión, etc de nuestra sociedad. ¡En absoluto!

Los únicos responsables somos los consumidores. Nosotros tenemos el poder de modificar completamente la oferta de alimentos si así los demandamos. Pero para ello debemos ser “conscientes” de qué comer.

Podemos decir que la industria alimentaria ocasionalmente crea ciertos hábitos y productos en nuestra sociedad de consumo, empujándonos a comprar y consumir éste o aquél alimento, pero también es cierto que la misma industria responde a lo que el consumidor demanda, buscando la satisfacción de su cliente, y causando en última instancia un bien a la sociedad muy importante. Igualmente con la industria farmacéutica y sanitaria. Cuántos miles de personas, o millones, trabajan dentro de esta industria exclusivamente para crear remedios, vía medicinas preventivas o curativas, a los males físicos que todos desarrollamos en un momento determinado. Cuántos investigadores y profesionales nos ayudan a vivir más y mejor. ¡Gracias a ambas industrias por ello!

Muy recientemente, los gobiernos se están dando cuenta que por muchos ingresos que estas industrias produzcan vía impuestos y empleos, el coste sanitario es tan alto que ya han comenzado a regular qué comer, cuándo o dónde. Así, ya en los colegios se están prohibiendo la venta de determinados alimentos para los niños, por ejemplo. Y aunque hoy suene a ciencia ficción, dentro de pocos años veremos cómo se prohibirá el uso de químicos, y otras sustancias artificiales, en la producción de alimentos, y se empujará la elaboración de comidas sanas, con ingredientes de primera calidad.

Lamentablemente, aún no estamos en esa etapa, pero llegará. Hoy por hoy, el “dinero” lo justifica casi todo. Y por ello, nosotros mismos defenderemos la creación de puestos de trabajo por tal o cual empresa de alimentos o farmacéutica, y la importancia que tienen para la economía, la cantidad de empleos que generan, impuestos, etc. Por la importancia que otorgamos al “dinero”, el poder de estas dos industrias es muy grande, y por ende, su peso en la elaboración de la coctelera que antes mencionamos.

Y por el dinero también, es que los Gobiernos ahora regulan este sector. Aunque el dinero sea la excusa, bienvenido esta apertura de la barrera a una mayor consciencia en el sector salud. Debemos ser conscientes de este juego de la sociedad occidental en el que todos participamos. Pero pongamos el “foco” en nosotros consumidores. No busquemos culpables afuera.


4. Nuestras creencias, información y consciencia:

Según ciertas religiones, podemos comer unos alimentos y no otros. Según nuestro estado de consciencia, nos veremos atrapados y condicionados por el adoctrinamiento de nuestra cultura o religión.

En nuestra cultura occidental, con unos niveles de estrés tan elevados, la vía de escape de la “comida” es un recurso muy habitual entre los habitantes. ¿Cuántas veces comemos por ansiedad? Y, ¿cuántas veces dejamos de comer por nervios, estrés, o si estamos enfadados? Es decir, nuestro estado anímico afecta directamente qué comemos, y en qué cantidad lo hacemos. Y viceversa, nuestra ingesta nutricional nos cambiará nuestro estado de ánimo. Ese chocolate, esa copa de alcohol, esa galleta y otros tantos productos que en un momento determinado nos producen un inmenso placer, y su ausencia, cierta desazón, ansiedad o deseo…

¿Cuánto daño puede causar a una persona la constante presión por estar delgad@ y guap@? Todos sabemos sus consecuencias, con anorexias, bulimias, trastornos de personalidad, diabetes… a la orden del día, llegando hasta el suicidio que tan frecuente habita entre nosotros.

Por último, y no menos importante, ¿se han percatado de cuántos de nosotros estamos cuasi “obsesionados” con comer bien, saludable, con pocas calorías?… ¿Por qué? Por nuestro ego para gustar a los demás? ¿Por nuestro miedo a la enfermedad o a la muerte? ¿Por querer vivir muchos años?

Y si llegamos como invitados a una cena en casa de unos amigos o familiares,  y lo que tenemos de menú es pasta y yo he decidido no consumir carbohidratos, o es carne y yo soy vegetariano? Cómo reaccionamos: nos enfadamos, nos preocupamos, nos lo comemos? ¿Soy capaz de generar internamente un pensamiento negativo, o una cascada de ellos, por culpa de un alimento que me han servido en un plato en una mesa donde acudo como invitado y el anfitrión me sirve con todo su amor esa pasta o esa carne? ¿Cuál es la razón última de nuestra no “aceptación” a esa mesa de invitados? Hagamos introspección y encontraremos muchas respuestas.

La obsesión por comer bien, saludable, así como el constante miedo a no enfermar, a no ingerir este producto o el otro porque dicen que produce cáncer, por ejemplo, ha llevado a una parte importante de la población a sufrir igualmente trastornos psicológicos muy severos, somatizando miedos, y enfermando en última instancia. Todo el cuadro se resume en personas “no felices”.

¿Cómo podría el consumidor estar por “encima” de la presión  que la sociedad de consumo nos ejerce, o de los alimentos no saludables que encontramos en nuestras despensas, y cómo saber elegir qué comer y qué productos consumir y cuáles no? ¿Y cómo comer sin sentirnos mal, sin remordimientos de consciencia, sin enfadarnos o estar disgustados por lo que hemos hecho, y que nos lleva a una espiral de difícil salida?

La respuesta está, como todo en la vida, en nuestro interior. Nosotros somos los dueños de nuestras vidas. Si la felicidad me la produce el estar guapo, yo me genero a mi mism@ la presión por comer cosas que no engorden, y estar continuamente buscando en las etiquetas los ingredientes de mi felicidad deseada. Si la felicidad me la genera no enfermar de cáncer, me pasaré el día leyendo artículos y viendo programas sobre qué alimentos son más cancerígenos y cuáles más combativos del mismo. Y si la felicidad me la proporciona comer lo que me da la gana, sin importar su composición o cuantía, acabaré con alguna disfunción, enfermedad o trastorno.

Así no podemos sobrevivir con un nivel de felicidad alto y constante. Qué hacer , ¿alguna sugerencia? La principal y más importante, cambiar nuestra forma de pensar, observar nuestros miedos y revisar nuestros modelos de Felicidad.

¿Hasta dónde mi alimentación y mi cuerpo son un instrumento para mi bienestar, o hasta dónde son quienes pagan los platos rotos de mi infelicidad interior?

Abordaremos en otro artículo cómo intentar mejorar nuestra alimentación física, y muy importante, mental. Ésta última determinará qué comeremos y cuán saludable nuestro cuerpo físico se encontrará.

 

Artículo escrito por Iñaki Gil • Consultor y Coach para personas y empresas
Publicado en el nº 10 de la revista Ideas Imprescindibles

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